LO REAL DEL 30-S
Por: Carlos Vera Rodríguez
El 30-S fue consecuencia del manejo tiránico del poder y quiere ser presentado como aborto de un intento golpista sin ideólogos y ejecutores, presentes solo en la mente soberbia de un vejado gobernante déspota. Que allí hubo hechos punibles e inadmisibles, es innegable. Pero que el insultador más impune del país y el perseguidor más cobarde de esta dictadura sea quien los señala y juzgue, impide objetividad y veracidad respecto a ellos.
Cabe una pregunta: así como van a enjuiciar y encarcelar a quienes dispararon, mataron, vejaron, destruyeron, azuzaron o paralizaron van a procesar también a quien ordenó un operativo militar contra un hospital; a quien actuó como camorrista y no como estadista; a quien gobernaba diciéndose secuestrado; a quien desechó una oferta de salir por la tarde en paz?
INJUSTO HACER JUSTICIA
Justicia para todos o perdón para todos. No justicia para los débiles equivocados pero olvido para los poderosos abusadores.
El problema es que lo 2do., ya sabemos, no es posible en esta tiranía: la Asamblea no autorizó el pedido que hizo un ciudadano cualquiera de enjuiciar al tirano al sentirse calumniado por él. Y algo peor: casi todas las instancias de control, fiscalización y enjuiciamiento están intimidadas, chantajeadas o intervenidas por el jefe de Estado para fallar a su favor. Si no existen pruebas o razones, las forzan o las forjan.
En ese ambiente, es imposible hacer justicia con el 30-S. Es injusto hacer justicia con el 30-S.
Y como no va a cambiar a corto plazo, solo queda una instancia independiente internacional que algún día castigará sin preferencias; y el juicio de la historia, que ya se ha empezado a escribir, cada vez, con más elementos, como los informes de las FF.AA y la propia Policía que desmienten a su Jefe máximo y lo desnudan en sus equivocaciones, soberbia y atropellos.
OFENDIÓ SU DIGNIDAD
Para no entrar en detalles, sino en lo principal, los hechos históricos demuestran que el motín de pocos policías tuvo como gota que derramó el vaso las reformas legales que el gobierno quiso imponer, no supo explicar y luego incluso debió retirar, lo cual demuestra su error.
Lo de fondo se vino acumulando en la Policía desde el inicio del gobierno y lo he citado antes: descabezar 10 generales por corrupción sin probarles nada; eliminar la UIES porque cooperaba con la embajada de E.U.; perseguir al mayor Manuel Silva tras investigar que las FARC enviaron dinero en maletas a gente del gobierno ; analizar la eliminación del GIR, que luego resultó la unidad que lo sacó del hospital; alentar la tesis de convertir la Policía en rama de las FF.AA; encarcelar policías en las mismas cárceles donde estaban delincuentes que ellos capturaron; liberar mulas del narcotráfico; malgastar $320M en modernización policial; pero sobre todo, ofender su dignidad, y creer que ello se compensa con armas, equipos, edificios, colchones y aumentos salariales.
RESPETO PRIMERO
Correa no entendió respecto a la Policía lo mismo que respecto a los ecuatorianos: que tienen dignidad. Que por más inversión social, infraestructura, bonos, subsidios o sillas de rueda que dé, el ecuatoriano, el ser humano, quiere que se respete 1ero. su dignidad. Eso él no lo conoce, no lo entiende o no lo tiene. Tiene orgullo, soberbia, carácter, talento, liderazgo, rencor, odio, venganza, pero no parece tener dignidad.
Un hombre digno no acusa a Juan Manuel Santos por invadir y bombardear el territorio del Ecuador y luego sonríe y se abraza con él, sin los desagravios y reparaciones que le exigió, como si jamás lo hubiera acusado de asesino y mentiras.
Un hombre digno se relaciona con él como estadista –hasta los jefes de Estado en guerra lo hacen- pero no como agitador estudiantil que deja a un lado las diferencias tras las elecciones para dar paso a la chacota como si nada hubiera pasado.
Un hombre digno no permite que Chávez censure a fuerzas sociales anticorreistas en nuestro propio territorio.
Un hombre digno no idolatra a Fidel Castro y proclama que en Cuba hay democracia, defiende a Gaddafi y se olvida que Ahmadineyad promueve y ampara al terrorismo.
Un hombre digno –volviendo al 30-S- no privilegia la majestad del poder mancillada por sobre las vidas que comprometía su “defensa”. Un hombre digno sale del hospital en paz como se lo pidieron los policías que lo retuvieron al constatar la falta de respaldo a su movimiento; un hombre digno no espera la noche para un operativo militar en el cual estaba implícita y resultaba inevitable la violencia, sin antes pedir que se desaloje el hospital. O sin antes demandar a los contingentes en conflicto, guardar sus armas y retirarse, hasta encargar a un grupo negociador el trámite de los reclamos.
Un hombre digno piensa primero en los demás a quienes ha jurado servir y no en servirse él de los demás, con cadáveres y heridos que pudo y debió evitar. Un hombre digno no hace de víctima y juez, cuando la mayoría del país ha sido víctima de su vocabulario soez y de la delincuencia que no quiere controlar.
SU EGO PRIMERO
El 30-S, Correa antepuso la defensa de su autoridad, porque no le reconozco dignidad, a la vida de seres humanos. Sencillo. Y todo eso es lo que desde entonces quiere ocultar y olvidar con la teoría de una intentona golpista o un intento de magnicidio.
Que una voz exhortó por la radio a que lo maten –si no es un montaje- es cierto y puede ser identificado: ¿quién operaba a esa hora?, ¿qué dicen los análisis de peritos? Pero un desquiciado aislado no constituye complot general.
Que lo vejaron y le lanzaron una bomba lacrimógena, fue evidente, es repudiable y amerita castigo. Pero no encuadra en la figura delictiva que le atribuyen.
Que alguno forzó la entrada al canal del estado, fue comprobado; pero de allí a considerarlo sabotaje a una transmisión que nunca se interrumpió, hay un abismo.
Pero aún así, si se acusa, juzga y sanciona por estos excesos generados por la prepotencia, el insulto y la falacia correista, también debe procesarse a la Inteligencia que no alertó el motín; a los ministros que no supieron sofocarlo: al Comandante que no explicó las reformas legales; a su seguridad que no lo protegió en el Regimiento Quito; a quienes dispararon; a quien no ordenó el cese de la balacera cuando empezó; al autor y ejecutores de un operativo militar contra un hospital lleno de pacientes e inocentes; al que se inventó un secuestro donde el secuestrado atendía y dirigía; al que fue a provocar y no a conciliar como dijo; a quienes perdieron el mando en el aeropuerto y frente al ministerio de Defensa; a las unidades policiales que no salieron a patrullar en varias provincias; a las FF.AA por no resguardar la seguridad interna cuando falló la instancia apropiada; a la Asamblea por no sesionar en cualquier lugar.
La lista es larga, pero el primero al que se debe juzgar y sancionar es a Correa por no saber delegar la solución de una revuelta policial ni poder resolverla cuando la fue a enfrentar como capataz y no como Comandante en Jefe de toda la fuerza armada. El manejo y la visión de Correa respecto a los cambios y la reforma, todo vertical y a su manera o de ninguna otra manera, son la principal y la mayor causa del estallido del 30-S. y también de la polarización y el reino de la inseguridad en el Ecuador.
JAMÁS APRENDERÁ
Ahora quiere culpar a otros de lo que el incubó y no supo sofocar.
No se lo vamos a permitir. Pero él tampoco va a cambiar. Lo vamos a derrotar, con T; y no derrocar, con C, como sueña, para que otro herede el colapso por venir y luego volver él como redentor.
Será largo y duro pero no imposible. Al 30-S le debemos que la mayoría del Ecuador haya descubierto al tirano disfrazado de revolucionario. Y por eso cada vez coincide más en levantar una alternativa mejor, un candidato único y un sistema independiente de control electoral que no nos robe los votos como en el 2009 y el 2011.
Entonces comprenderemos que el 30-S fue una jornada que hizo madurar el sentido democrático. Que triunfó la línea democrática porque en Quito nadie salió ya para echarlo y solo 900 para defenderlo.
Nosotros si hemos aprendido la lección; el tirano, jamás aprenderá.


