DISCURSO DEL PÁJARO FEBRES-CORDERO
Amigos:
Tengo la esperanza de que esta noche, al regresar a sus casas, recuerden dónde estuvieron. Mi duda nada tiene ver con el vino que acompaña a este entrañable encuentro al que anualmente convoca la revista Mundo Diners, sino con el virus de la desmemoria que se irradia desde el oficialismo que, en otra más de sus muchas paradojas, intenta patentar la premisa de Prohibido Olvidar.
Esa es la frase recurrente que el pontífice de las sabatinas usa para remarcar los yerros de sus enemigos que, según él, se cruzaron de manos ante la historia y dejaron, con igual impavidez que torpeza, que la revolución liberal se truncara hasta la llegada providencial de su legítimo continuador, artífice de la modernización y el crecimiento de un país que ha recuperado por fin su dignidad y se encamina hacia su segunda independencia. Prohibido olvidar –reitera con necia obstinación- al referirse a cualquiera de los muchísimos errores cometidos por quienes tuvieron en sus manos la marcha del Estado, sin reconocer que, en medio de esos desatinos y desafueros, hubo también ciudadanos probos que, con valor, inteligencia y desprendimiento lograron correctivos, marcaron derroteros y se jugaron íntegros por los más altos valores.
Al prohibir olvidar, el locuaz monologuista de los sábados desconoce que este país no se divide, como él pretende, en dos mitades: aquella de la larga y triste noche neoliberal y la luminosa de la revolución del siglo XXI. De manera simplista, para él en un lado están los malos y en el otro los buenos; el uno está recubierto por la gruesa costra de la marginación y la pobreza y el otro envuelto en un halo de magnanimidad y de riqueza; en el uno yace la frustración y en el otro refulge la esperanza, dentro de esa concepción maniqueísta que tiene sobre los acontecimientos, los hombres y las circunstancias.
Su proscripción de olvidar se convierte, pues, en una amarga contradicción que a nosotros nos conduce hacia la necesidad de acercarnos a la realidad y no interpretarla al vaivén de un voluble estado de ánimo, animadversiones, complejos y rencores.
¿Por qué aquel que ahora pretende prohibirnos olvidar, olvida que este país fue, desde sus inicios, construido desde la pobreza y que muchos de quienes lo condujeron tuvieron que vérselas con unas arcas del erario casi vacías y unos recursos siempre magros?
¿Por qué no recuerda que si bien existieron ladronzuelos que, veintemillescamente, hicieron de su gestión una farra permanente para llenar sus faltriqueras y las de sus conmilitones y, además, tener contento al populacho, también otros, visionarios, altruistas, lucharon por poner orden al caos, modernizaron el Estado con instituciones sólidas y perdurables, y salieron del ejercicio del poder tan pobres como entraron, con su dignidad como única fortuna, para luego hacer frente a su vida con el ejercicio diario de su profesión, sin apartamentos en el exterior adquiridos al amparo de triquiñuelas y amenazas? ¿Por qué?
¿Por qué no hemos de recordar ahora que hubo presidentes de la República, legisladores, políticos que nos dieron ejemplo de vivir en democracia, respetaron el pensamiento ajeno, no anduvieron rodeados de una feroz guardia pretoriana, no reprimieron a sus opositores ni inventaron magnicidios para subirse al altar del martirologio y, desde allí, bendecir con más prebendas a sus áulicos y lanzar feroces anatemas contra sus opositores? ¿Por qué?
¿Por qué no hemos de recordar que hubo banqueros, industriales, empresarios que marcaron la senda de una honradez a toda prueba para hacer de su gestión un ejemplo de ciudadanía y contribuir así a que el país creciera y sus gentes tuvieran mayores y mejores posibilidades de trabajo y no se sentara a esperar que del cielo del Estado lloviera, como maná, el bono de pobreza? ¿Por qué?
Este no ha sido un territorio de ladrones, aunque los haya habido. Es también dable recordar que han pasado por el poder hombres visionarios y desinteresados, que han sabido privilegiar los intereses nacionales a los suyos propios y manejar con singular austeridad los escasos dineros del erario. Lo que construyeron, lo construyeron por un dictado del deber, sin pretender que sus obras se tornaran en un monumento a su vanidad, en la certeza de que ellos estuvieron allí para servir y no para mancillar su cargo con alardes de prepotencia propios de un monarca absolutista que exige que su majestad sea reverenciada y, peor, al mandato de una ideología tan trasnochada como confusa. Todo aquello, los que miramos el pasado sin sesgos personalistas, no olvidamos.
Ya vendrá el momento en que no olvidaremos tampoco este instante que estamos viviendo y que, por más que alguien quiera que perdure a lo largo y ancho de trescientos años, acabará tal como acabaron las muchas dictaduras que de nuestra historia han sido, aunque, tristemente, las fisuras, las revanchas, los rencores que ésta deje mellarán nuestro espíritu y producirán hondas laceraciones, cuya cicatrización resultará larga y dolorosa.
Recordaremos, por ejemplo, que, sometidos todos los poderes a la voluntad omnímoda del mandamás, la prensa, que es también registro y es memoria, enfrenta una ciega arremetida, para obligar a que ella dé razón solo de los logros del oficialismo y soslaye sus inequidades, felonías, trapacerías e ilegalidades. En ese inocultable deseo de tomarse por asalto los medios de comunicación o, en su defecto, someterlos, la justicia ya ha cobrado víctimas mediante la instauración de procesos de mentirijillas, a través de los cuales se ha puesto en evidencia cómo las leyes sirven no a la justicia sino a la voluntad de quien cumplió su promesa de meter las manos en ella y ahora la tiene asida del gaznate y, con una voracidad inédita, pretende, a base de sentencias, enriquecerse con sumas insólitas e imponer a la libertad de expresión las más demenciales restricciones. Cínicamente, el autócrata repite el estribillo de que si lo dueños de los medios y los periodistas quieren continuar con su labor tienen que primero ganar una elección, como si la democracia fuera una carrera desenfrenada hacia la urnas y no el derecho, inmanente a todo ser humano, de discrepar, de pensar y de decir. La única elección a la que los periodistas podemos someternos es a la que concurrimos diariamente a través de las noticias que damos y los comentarios que hacemos, y sobre los que recibimos la aprobación o el rechazo de nuestros lectores, radioescuchas o televidentes, que son quienes marcan la mayor o menor credibilidad de nuestro trabajo y nos obligan a actuar con rigor en procura del mayor acercamiento a la verdad, bajo los dictados de nuestra conciencia.
Al abrazar aquí y ahora a aquellos colegas sobre cuyas cabezas pende la guillotina, quiero brindar junto a ustedes, amigos, por el placer de estar otra vez juntos en un ambiente de amistad y de respeto al pensamiento ajeno, todo regado con este vino que, como dije al inicio, espero no sea el causante de nuestra pérdida de memoria cuando el momento de regresar a nuestras casas sea llegado.


